El fracaso de la la educación según John Holt
Hace poco leí un libro que es considerado un clásico en materia de educación: How Children Fail (Cómo los Niños Fracasan), de John Holt. John Holt (1923-1985) fue un educador estadounidense, y es considerado como uno de los fundadores del movimiento a favor de la escolarización domiciliaria (homeschooling). Desde las primeras páginas del libro me atrajeron la agudez de sus observaciones y la honestidad intelectual con la que razona y escribe.
Holt afirma que la mayoría de los niños que concurren a la escuela fracasan, y se propone averiguar por qué. Llega a la conclusión de que los adultos se entrometen en el aprendizaje y lo entorpecen. “¿Por qué no aprenden lo que les enseñamos?”, se pregunta. “La respuesta a la que llegué se reduce a esto: porque les enseñamos ―o sea, intentamos controlar el contenido de sus mentes”(1).
Esta intromisión de los adultos nace de la idea de que los niños no aprenderían si los adultos no los forzaran a hacerlo. Pero los niños tienen una tendencia natural a aprender. Cualquiera que haya visto a un niño de un año y medio o dos años que se desplaza por todos lados, explorando todo, tocando todo, experimentando todo y enloqueciendo a los adultos, se da cuenta de eso.
En las escuelas, lo que importa son los resultados, y hay solamente dos resultados posibles: bien y mal. Resultados correctos acarrean buenas notas y la aprobación del maestro. Malos resultados tienen el efecto contrario: malas notas y rechazo. Esto incentiva a los niños a desarrollar estrategias que les permitan llegar a respuestas correctas haciendo a un lado lo que realmente importa. En lugar de entender los conceptos y reflexionar sobre los problemas, aprenden a escudriñar las expresiones y el tono de voz del maestro en busca de pistas, o desarrollan estrategias para engañarlo, como la del balbuceo: cuando el maestro hace una pregunta, y el niño no está seguro de la respuesta, emite un sonido ambiguo. Si el sonido resulta similar a la respuesta correcta, el maestro tiende a asimilarlo a ésta y, satisfecho con sus grandes dotes de educador, prosigue con la clase.
Por si esto fuera poco, los maestros confunden a sus alumnos. En el libro hay un buen ejemplo de una ambigüedad que puede llevar a un niño a dar una respuesta sensata pero que un maestro probablemente catalogue como errónea, provocando gran confusión en el niño:
“…en su libro de texto de Matemática decía que pintar el marco de una ventana en una casa llevaba 1½ latas de pintura, y preguntaba cuántas medias latas eran eso. Cuando uno de los estudiantes contestó ‘una’, la maestra preguntó cómo el estudiante había llegado a esa respuesta. El estudiante dijo: ‘Hay una lata entera, y una media lata’” (2)
Como se supone que el maestro es el que sabe, si éste le dice al niño que se equivocó, el niño le va a creer, y no va a entender nada. No es difícil imaginar la confusión que puede asaltar a un niño cuando le dicen que una respuesta perfectamente razonable está mal. Tampoco es difícil imaginar el daño que episodios de ese tipo pueden causar en la autoconfianza de un niño y en su capacidad de aprender y pensar por sí mismo.
La única forma de adquirir conocimiento verdadero es entender las cosas por uno mismo. El conocimiento no se transmite. Se adquiere activamente mediante un proceso mental e individual. Una cosa es aprender a manipular símbolos mediante un algoritmo que arroja un resultado correcto, como los algoritmos de multiplicación que les enseñan a los niños. Otra, muy distinta, es entender el concepto de multiplicación. Esto requiere un proceso personal que no se puede forzar. Un niño que pasa por ese proceso aprende de verdad. Uno que no, pero que memoriza el algoritmo, no. Para hacer lo primero, se requiere inteligencia humana. Lo segundo lo puede hacer una calculadora. Pero en la escuela, el alumno curioso que pasa lenta y pacientemente por el primer proceso probablemente sea considerado lento y reciba malas notas.
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(1)Traducción mía. Texto original: “Why don’t they learn what we teach them? The answer I have come to boils down to this: Because we teach them—that is, try to control the contents of their minds. ”
(2)Traducción mía. Texto original: “(…) her math textbook said that it took 1 ½ cans of paint to paint the window trim in a house, and asked how many half cans that was. When one of her students gave the answer ‘one,’ she asked him how he got it. He said, ‘There’s one full can, and there’s one half can.’”






